Parece que la cosa no mejora y que, a pesar de los brotes verdes que se adivinaron en un tiempo lejano, la situación económica en España continua en un estado complicado, como bien demuestra la tasa de morosidad, una medida fundamental para calibrar el momento en el que nos encontramos.
Una tasa que se encuentra, en estos momentos, por encima del 6%, un porcentaje que no se veía desde 1995, momento de la última gran crisis de nuestro país, y que deja a las entidades financieras muy tocadas para iniciar el proceso de adaptación a las nuevas exigencias del Gobierno, en materia de provisiones.
Y es que la tasa de morosidad no es más que un reflejo de las dificultades que viven las familias españolas como consecuencia de las elevadas tasas de desempleo que siguen sacudiendo a nuestra economía. Porque la morosidad no es una decisión voluntaria que toman las familias, sino una consecuencia de último recurso que les obliga a tener que dejar de pagar sus obligaciones de deuda.
Por tanto, la tasa de morosidad se recuperará en el momento en el que el empleo se vuelva a dinamizar y la economía comience a iniciar su senda de crecimiento, pero hasta entonces, mucho me temo que seguiremos en cifras similares.